Por una dulzura de mujer que quisieran tener una tertulia en la antecámara de su panteón, se dejaba llevar de aquella amiga que le dió a leer los versos tendenciosos, en que la dulzura femenina parece encontrar su confidencia.

La última voluntad de amistad condescendiente y que no da el portazo de los machos al salir, se iba amparando de aquella hembra a la que podría asir por los cabellos y que sabía despedirse de ella todas las noches con la voluntad suprema de amanecer en el mismo tiempo, de saludarse en la misma mañana.

El drama de la incomprendida estaba resuelto. La otra la comprendía perfectamente y las dos se serenaban en el ser comprendidas.

Oían mejor toda la noche y saboreaban mejor todos los perfumes. No estaban atemorizadas y encerradas como cuando el hombre incomprensivo o presumido está cerca.

Ya aquella cosa dura, informe, cada día con nuevas violencias, había desaparecido. Ahora quedaban ellas que hacían juego con el estanque, que no lo perturbaban ni lo asediaban con las nubes negras de los presagios de rupturas, engaños y crueldades.

El día no tenía brusquedades ni incertidumbres de genio. Amanecían a un día de placidez, sin temor de ninguna hora, sin que una a otra se exigiesen una belleza meticulosa.

Sus miradas no perseguían los rasgos apuntados de la vejez.

El mundo resultaba más divertido, más asombroso, y las horas más grandes, más redondas, más claras.

Se asomaban a los balcones con alegría y saltaban sobre su busto apoyado en la balaustrada.

Una de las cosas que más adoraba Palmyra en Lucinda era que, además de su cuerpo, sabía arreglar sus encajes y sus ropas en todos aquellos grandes roperos que poseía Palmyra.