Tenía la paciencia de repasar los trajes y de sentir lo que de pasado amable, suave y perfumado quedaba en ellos.

—¿Vamos a arreglar los armarios?—preguntaba Lucinda, y Palmyra sonreía con encanto.

Su piel blanca se iba hacia aquella piel obscura... Después de todo el amor es una confidencia y sólo una confidencia de incompletables...

La soledad era cada vez más dolorosa en la Quinta... Los eucaliptos eucaliptizaban el alma. Todas las piedras de la Quinta tenían el temblor de su soledad.

En el porvenir se las perdonaría por la época de hombres violentos y zafios que fué aquella en que realizaron sus enchufes.

Esa cosa ambiciosa y desesperada del hombre, que es un eterno emigrante, se aplacaba en ellas.

En el salón del piano se oía cómo todas las horas tocaban sus sonatas diferentes. Estaba el teclado al aire para que el tiempo pudiese tocar aquellas teclas con amarillento tipo de dientes de caballo.

Su gran sensibilidad se daba cuenta hasta de cuando los ratones eran cogidos en las ratoneras de los sótanos y lanzaban en la noche el «glu» del ahogo último, cuando su rabo les quiere ayudar a escapar, y oyendo las cajas de música apreciaba qué púas las faltaban.

Pensaba constantemente en el fondo del gran estanque.

—Yo me haría boás con esos marabús verdes que hay en el fondo del agua. ¡Qué frescura en los días de verano!