Sólo no fracasan en la vida los amores muy excepcionales. Ella pudo encontrar al hombre alegre de la Quinta; ¡pero lo perdido que estaría entre las multitudes que hacen su manifestación de millones sobre cada lado del poliédrico terráqueo!
En la hondura inolvidable de su jardín acariciaba la humedad aterciopelada con sus manos para acariciar galgos.
Sentía una suprema mudez en sus sillones rústicos y veía cómo las palmeras tenían un cimbreo solemne.
—El hombre no ha llegado aún por su inteligencia a la misma finura a que la mujer ha llegado por su sensibilidad.
Era una pena tener que recurrir a la que era como espejo que reflejaba su misma mueca, pero había cierto consuelo en aquel desdoblamiento.
Un hombre no sabe estarse pacíficamente junto a una ventana. Ella con la amiga se sentaban en la carroza de la ventana y se pasaban la tarde viendo pasar el tiempo, y de vez en cuando a algún viajero de los caminos que lleva pan a alguna parte.
Es una paciencia mucho más larga que la de rezar el rosario la de permanecer junto a la cristalera de las grandes ventanas, con las cabezas saliendo apenas a flote sobre el alfeizar, metidas en el agua interior hasta el cuello.
Ellas con sus toquillas puestas se encrespaban en aquella visión del tiempo, como si viesen pasar un tren lleno de viajeros, un tren interminable que convertía el mar en una película de perforación universal.
Las dos sentían en las mejillas del alma el sabor de los musgos y en un día lluvioso encontraban profundidades de amor y naufragio, cantigas de tristeza y presagios.
La Quinta no tenía ya miedo de ser abandonada y todos los arbustos se les subían a los hombros como perros de alta talla.