La lluvia mojaba sus raíces y se sentían como árboles optimistas que agradecen el agua.

Las dos eran árboles que enlazaban sus raíces blancas, sus piernas desangradas por la alucinación voluptuosa.

—Estoy como una galleta mojada en té—dijo Palmyra.

Sentían, mirando los hoyos que hacía la lluvia, cosas hondas y su imaginación tenía más altura cuando la lluvia caía en caudalosas jarradas de esas que convierten los caminos en ríos nuevos, ríos improvisados y aún sin pesca.

—Siempre la invención del techo será maravillosa—dijo Palmyra.

—¡Qué gratitud a su inventor!—corroboró Lucinda.

Las lágrimas de los cristales caían por sus mejillas como por las de unas Magdalenas asomadas a la lluvia.

Nunca podría un hombre sentirse pacífico, en un internado de reloj como aquél.

Ni vicio ni alarde. Compañía, compañía inmensa, compañía insaciable con un momento de pegarse una a otra como lapas del desvarío.

La Quinta podría vivir ya quieta en su abismo de árboles.