Al vagido de Palmyra contestaría el vagido contrario, algo así como su mismo vagido enfundado en el eco.
Se reconocerían alertas en la noche y como eso es, después de todo, todo lo que se puede hacer antes de la muerte, se quedarían conformes.
—¿Oyes cómo suena la campana del paso del tren? Toca a que se abran los pasos de nivel para que pasemos nosotras...
—Sí es verdad, parece que debemos cruzar la vida en nuestros automóviles detenidos...
—¡Y con qué ansia de cruzar están todos los que esperan que pase el tren!
Estaban solas y, sin embargo, el ojo de la cerradura parecía tener la luz de una mirada.
El amor es estar trémulo, incapaz, desorientado, pero en segura compañía.
El frenesí brota por lo inacabado que se es, apareciendo en él los desperezos de todos los deseos. Es una aspiración al rayo que acaba en el abrazo.
No se ocultarían ni averiguarían el abismo en que consiste la inquietud de la vida. ¿Para qué engañarse? Antes y después abismo insaciable. Así no brotaría ese desengaño que brota en el hombre indignado por no haber sido saciado nunca. Ellas ya lo sabían, por lo menos antes de comenzar.
Los hombres fuerza, violencia y desprecio. Ellas miedo, incertidumbre y al fin un encalmamiento de condenadas irresolutas.