Estaban libres del temor de ser pisoteadas, que acude a las mujeres después de ser olladas por el hombre entre besos y picotazos de la nariz, como si fuese como pico de águila.
Sabían reanudar la vida del aprecio y la solidaridad después de apretujarse en la sombra. Más que un amor, su mezcla era una investigación.
La llamaba como quien llama a la camarera cuando se ahoga.
—¡Lucinda! ¡Lucinda!
Después la memoria del mundo se apartaba de la idea acalorada del pecado. ¡Era tan breve! Parece desde lejos que todo, el sentido del mundo, se vuelve contra los pecados, pero ni se entera.
Su imaginación amaría la escena de lo insaciable, de lo inconsumado por más que le consuma, lo que no se engaña con la verdad.
Dejemos a las dos mujeres solas. No conviene desvelar estos misterios, además de que ellas no dejan ningún agujerito por el que pueda nadie asomarse.
¡Largos y penosos insomnios los de ambas a dos!
El hombre está hallado nada más encontrado. Pero mujer con mujer, luchan como sedientas en el desierto ¡en tan larga tarea, en tan largo rechinar!
Pero en la pasión, ni hallando en seguida se halla, ni buscando siempre se logra hallar más.