A lo lejos el polvillo del mar hacía brumoso el sol y alejaba el poblado extremo de la costa, al que daba un tipo de ensueño de la realidad.
Eran las seis de la tarde, esa hora en que todo ha llegado ya a los pueblos finales de la costa, esa hora en que el mundo se estanca en sus casas de refugio.
Palmyra a esa hora se dirigía hacia atrás buscando el apoyo de alguien, buscando el reposo en todo.
Las butacas de abrazo antiguo la recibían con encanto a esa hora en que a los seres finos les entra el desmayo de amor.
Y el atardecer solitario se precipitaba y desde ese momento hasta la noche le entraba a Armando la fiebre, el escalofrío de la soledad. Cenaban y muy temprano, cuando el cansancio es como un niño lleno de sueño verdadero, se iban a la cama.
Armando, que había soñado tanta cosa para cuando se acostase, se encontraba ensoñarrado y cansado.
La veía desde las arenas del sueño levantar sus brazos de mujer que está en camisa y, sin embargo, comienza a desabrocharse el traje.
Tenía costumbres antiguas y cuidadosas como guardar en su joyero de cristal con un fondo de raso azul enguatado, las joyas de que se despojaba para acostarse y que eran como los candados de su belleza, que se volvía libre, nadadora del lecho, desligada de los compromisos severos que imponen las joyas antiguas que son como el recuerdo moral de las severas mujeres de la familia.
En el clima de aquel paraje del mundo podía sacar las manos de entre las sábanas y jugar con ellas.
Resultaba hasta inexistente su desnudo en aquella soledad desdichada huída de la gran ciudad. En vez de tenerla más por completo y más para él solo que nunca, se sentía sin ella como si Palmyra se quitase la camisa en el vacío supremo.