El coche entraba por fin en la Quinta dando un saltito sobre el listón de piedra que sobresalía del suelo marcando la entrada. Ese salto del coche sobre sus muelles era un salto que marcaba la intimidad, era como el salto que dan los caballos de circo cuando ya han trabajado, cuando ya se meten dentro.

La Quinta estaba llena de un silencio ambarino precioso. Había más luz, una luz que había estado sola en las habitaciones y que se había llenado de confidencias. En el botijo de cristal del agua se había filtrado lo mejor de la luz de la tarde.

Era cuando Armando reconocía más la suavidad de Portugal, su entonación, la serenidad de otro tiempo en que abundaba.

El sólo recordaba una paz igual allá de pequeño, hacia el 1889, cuando en casa de su abuela, en la calle de Monteleón, llegaba la hora de la siesta y se quedaban entornadas las maderas.

Era un aire de hacía treinta años aquel que había en la Quinta, y por eso resultaba tan virgen y tan sabroso.

Palmyra, siempre con los brazos desnudos, le daba los abrazos de la desnudez, los abrazos sobre las sábanas revueltas, y, sin embargo, estaba en pie y con la etiqueta del traje.

Armando, displicente, apenas la hacía caso, y ella, entonces, se iba como despechada. Y cuando volvía reaparecía con cara de haber llorado, pero no por haber llorado, sino por no se sabía qué.

Armando miraba al cielo como si aquel telo del rostro de Palmyra señalase muchas nubes y una luz lluviosa.

«¿Pero es que ha nacido para llorar?», se preguntaba Armando, y sin poderlo evitar buscaba sus lágrimas o un gran sentimiento que justificase sus lágrimas.

En vez de aplacarle fomentaba su crueldad de hombre aquella propensión a las lágrimas.