—¡Qué turulata eres!—la decía Armando.

—¿Y qué es eso?—preguntaba Palmyra.

—Que te quedas turulata y no sales de ser una turulata... Un ocaso te dejó un día así y no sales de tu arrobo...

—¿Te burlas?

—Jamás... Te comento... Siempre me darás ansia de llevarte en brazos tan desmayada como estás y aunque no salgas nunca de tu desmayo, como si el suplicio de los donjuanes de un momento lo aceptase yo para siempre...

—¡Qué poca ternura tienes!—le insistió ella buscando más mimos.

Era insaciable de ternura en medio del paisaje.

—Parece que no es sólo de tu corazón del que quieres que cuide, sino de una huerta de corazones—la dijo Armando.

Volvían hacia casa. Contra corriente tornaban también los trabajadores, que miraban cínicamente a los coches.

Siempre parecía que se había hecho demasiado tarde, y se temía el vientecillo sutil que da la pulmonía.