Pasaban por caminos de pinos constantemente.

Los pinos son los más humanos de los árboles, con sus cabelleras obscuras, con sus cuerpos de atezada expresión.

Todos están para hablar, para salir al paso, para decir las cosas de la tierra que escuchan con sus raíces, pero aún no se ha decidido ninguno.

«Un día—pensaba Palmyra—se le ocurrirá hablar a uno de esos humanos pinos, y lanzará recitales de profundo sentido.»

Los caminos de pinos tenían algo de los caminos de postes que van al lado del tren, parecían andar, estar constantemente de paseo con un movimiento propio.

Había un rato en que se dedicaban a la arbitrariedad.

Ponían nombres solemnes a las cosas y así, por ejemplo, las desgarraduras que se abrían en las nubes eran para ella: «ventanas que daban a la tarde de Dios, agujeros de telón por los que se podía ver todo si alguien nos aupase como a niños que quieren ver lo que no alcanzan a ver» y él opinaba, señalando esas ruinas o esas montañas que parecen castillos, que: «La naturaleza es muy novelera, y quiere que se la dote de castillos con fosos y almenas».

Cada cual halla un sentido al mundo y le halla matices nuevos, sobre todo cuando las lenguas se desatan de verdad al atardecer.

Palmyra se volvía más tierna y sin temor a que el cochero viese su gesto buscaba las manos de Armando y le buscaba la boca como paloma que busca el pico del palomo. Armando la rehuía un poco. Era de suyo temeroso de la avidez que hay en los anteojos de los ociosos dueños de los «chalets». Palmyra tenía la hermosa pasión que no se recata.

Echaba la cabeza en su hombro y se quedaba así como dormida con los ojos abiertos.