Pero siempre se salía con bien de ese momento difícil de la cuesta abajo en que el torno del freno intervenía como una máquina de someter al Destino.
Otra vez en el campo llano, volvían a su serenidad.
¡Qué regalo el de las legumbres, que encima de dar su fruto dan a veces su perfume! Las habas estaban ya floridas y dejaban percibir el olor correspondiente al ensueño de su sabor.
Ella estaba por rechazar aquel olor como si fuese un olor de cocina, pero la conmovía con su finura.
—Huele casi como la flor de almendro—dijo Armando.
—Aun siendo tan ordinario se puede aceptar...—contestó Palmyra.
—El campo nos ofrece lo que puede... No es para que le llames ordinario a lo que te regala—repuso él por refrenarla igual que el cochero a sus caballos.
—¿Que no es ordinario?—repuso ella brava—. ¿A que no te atreves a que tengamos en la vivienda, sobre los veladores, flores de habas? Si nos preguntase alguien qué flores eran, ¿te atreverías a decir la verdad?...
Armando calló. Las habas seguían dando su perfume para cocineras sentimentales, un perfume sustancioso que se filtraba a través de los muchos cercos de piedra en que abundaba el valle, refiriéndose a los cuales, se le ocurrió decir a Armando: