Pasaba el tren lleno de ventanillas de sol. Llevaba siempre el raudal feliz de un principio de primavera. Sus viajeros leían en él, desperezando los brazos, los periódicos tostados, luminosos y felices del verano.
Como en butacas de peluquería alegre iban todos los viajeros. La tijera del buen día les acariciaba el cogote.
Había sonrisas mudas al pensar en las enemistades lejanas, en estos extranjeros solos y embriagados en el viaje por la ribera dichosa. Su sarcasmo era para los malos que tenían que estar en su riguroso país por su ambición o por su torpeza. Los anónimos recibidos durante su vida se habían borrado definitivamente en este ambiente.
El «milord» de Palmyra salía después al campo, y ya en aquella carretera maltratada, el coche sufría las oscilaciones y los tumbos de las grandes zanjas abiertas por las ruedas de los carros cargados de piedra.
Se encontraban esos «chalets» hechos en medio del campo, en medio del miedo, mirando a paisajes ingentes, cuando un poco más arriba, en terrenos que costaban lo mismo, hubieran visto el mar. «¿Es que el padre de los dueños de esos «chalets» fué un náufrago y por eso sus hijos no quisieron volver a ver el mar?»
En todos aquellos hotelitos se notaba que todo estaba dispuesto (¡que sean más grandes los ventanales, que sean mayores!) para mirar lo que se ha de dejar de ver irremisiblemente, sin que sirvan las atalayas bien dispuestas para verlo más tiempo.
Hicieron sus «chalets» los moradores para estar asomados siempre, primero activos, en pie, saliendo fuera del «chalet», más tarde siempre sentados frente a los últimos cristales—por lo que entonces piensan que debieron hacer más bajo el alféizar.
Cada ventana de Portugal tiene su significado propio, su gesto particular, su éxtasis distinto. La una es la ventana para el espíritu avizor, la otra es para el nostálgico y aquélla para el enervado.
El coche de dos caballos tenía siempre una cosa de desbocado. Al bajar las cuestas los caballos, torcían las cabezas como si se las descoyuntasen, unidas en un delirio de espanto, siempre como si ya no pudiesen contener el coche de lanza disparada como una flecha enorme.
Se reflejaban en el camino los ojos espantados de los caballos.