Después Palmyra se ponía muy de casa y aparecían de nuevo sus brazos desnudos. Eso la volvía la mujer débil, íntima, delicada, cohibida. El, como quien toca el arpa de un cuerpo, la acariciaba los brazos de arriba a abajo, de arriba a abajo.
El gran salón se llenaba de una expectación, de una rotonda de luz en que se esperaban obispos, virreyes, magnates, que viniesen a intrigar y a hacer la tertulia. En definitiva sólo era una jaula demasiado grande, de esas jaulas historiadas que entristecen a los pájaros más que las jaulas íntimas.
En el patio del estanque gritaban los patos como si siempre les persiguiese la mano del matarife, como si fuesen a cogerles para echarles al caldo hirviente.
Le molestaba a Armando aquel griterío asustado, urgente, desesperado.
Le daban ganas de asomarse al balcón y gritarles:
—¡Calmaos, que no os van a hacer nada! ¡Cobardes, más que cobardes!
VII
PASEOS EN «MILORD»
Esperaban al coche de campanillas argentinas, alegres, bien timbradas, porque su secreto era que estaban hechas de plata. Se hundían en el coche, se quedaban ocultos por la montaña azul de la capota y se iban como a darse un paseo en hamaca por el paisaje.
Buscaban la carretera que iba junto al tren. Deseaban esa compañía ciudadana, civilizada, que trae la reciente confidencia de la capital.
Les gustaba también que el tren entero les mirase buscando en ellos la felicidad deseada.