Quedaba el paisaje dominado, enamorado, saciado con el paseo de la fina amazona de breve cintura clásica y busto en punta. Con los gestos que la amazona hacía con la fusta y que eran como de batir el aire, se quedaba flagelado y enervado el aire de la tarde.

—Día que no sales—la había dicho también Armando—es día en que todo parece más hostil y como si algo faltase en la toilette del panorama. Es como si el muy cochino del día no se afeitase, como si al no recibir tu visita estuviese descuidado y salvaje.

—Mi amazona, ven—la decía también él con un mimo nuevo, abrazándola efusivamente, encontrando en su busto un apresto y una dureza que había adquirido petando con todo el camino, sobre todo con las vueltas.

Ya era una cosa más de su toilette volver así, triunfadora, con la levita orgullosa, un poco desmelenada, con tierra en los ojos, con la nariz agudizada.

—Traes las enaguas purificadas de la amazona—la decía Armando—, y traes unos labios nuevos que has recogido en el campo como se recoge el fresón de debajo de las hojas que tratan de ocultarlo.

También la repetía entre sorprendido e irónico:

—Nunca creí que fuese tan importante ser amazona... Resultas la madrina del paisaje... Madrina de bautizo y madrina de boda al mismo tiempo.

Volvía hecha, robustecida, con un secreto nuevo; pero todo eso se iba adelgazando, consumiendo, olvidando hacia la noche. Era el botín que traía la amazona como esas flores rústicas de las jaras oleaginosas, que se ablandan y moquean en la planta en cuanto pasan unas horas de haber sido arrancadas.

Había pasado por los más rústicos caminos. Los caminos solos, soleados y lejanos, de Portugal; los caminos llenos de las antiguas fábulas y las viejas consejas, en que no sólo figuran hidalgos aldeanos rústicos como en los de Galicia, sino reyes y finos aristócratas y damas de habla fina y cortesana.

Había hecho la dueña de la Quinta lo que tenía que hacer. Se había sacrificado a la cortesía que merecían los alrededores campestres que para eso les estaban obligados, sumisos, y eran la creación serena de sus vidas. Había hecho la visita al campo que lo mantenía propicio. Armando la daba en pago los besos de la gratitud y abrazaba su pecho en levitado, en el que tropezaba con la doble fila de botones.