Palmyra no desconfiaba, no le estudiaba. Su buena fe, su gran deseo de continuar la fábula en el palacio encantador, en el que se podían amar hasta los visillos de linón de las ventanas, la hacía aceptar a aquel caballero casposo, con la enjutez del hombre vicioso. ¡Como que había sido croupier durante algún tiempo en el Casino de Invierno!
Veía en aquellas reuniones, en el salón del palacio, la hospitalidad encendida. Estaba siempre afanosa de que los cálices de tan fino vidrio que hasta se quedaban vibrando cuando se escanciaba en ellos el licor, estuviesen llenos hasta el borde.
La purera, que representaba una pequeña pagoda, tocaba de vez en cuando la pieza de música, que era como el ofrecimiento delicado para que se tomase de nuevo un puro más.
Ella inclinaba la cabeza con mimo durante las conversaciones. Ponía una gran languidez en el gesto y enseñaba sus brazos desnudos y sus manos en postura de orquídeas variadas, móviles, gesteras.
Armando, como todas las tardes, había un momento que, sintiéndose un poco borracho y viendo que Enrique también lo estaba, la rogaba con gran zalamería:
—Palmyra, toca un rato el arpa.
Palmyra arrastraba hasta el centro de la habitación su arpa y llovía sobre los muebles del gran salón, sobre todo dentro de los espejos, la lluvia del arpa, con sus grandes y atravesadas gotas como lágrimas lentas.
Aquella tarde el arpa tocaba con más sueño que nunca, como cuando la lluvia se ha olvidado de dejar de caer, cuando ya cae del cielo como de los aleros porque estaba al caer.
De pronto llamaron a la campanilla. El arpa se quedó desoída. Las manos de Palmyra en las cuerdas doradas eran como pájaros musicales que hiciesen sonar su jaula.
El criado apareció. Traía un telegrama en la bandeja.