—¿Para quién?—preguntaron los dos caballeros a la vez. Palmyra no tuvo tiempo sino de suspender su música y escuchar.

—Para el excelentísimo señor don Enrique...

Enrique, con un gran gesto de actor dramático, recogió el telegrama. Lo abrió, y después de leerlo, se quedó callado con aire de contrariedad.

Palmyra, con su mejor aire de mediadora y enfermera, preguntó rompiendo el silencio:

—¿Alguna desgracia, don Enrique?

Armando observaba la escena con cierta impasibilidad.

Enrique dió a leer el telegrama a Armando, que lo leyó, no con la tristeza que hacía al caso, sino con una extraña tristeza sardónica, y que, por si no había estado clara en su rostro, la aclaró diciéndole a don Enrique, al darle el cupón del telegrama que había que firmar y que esperaba el criado:

—No será nada... Firma ahí... Esta firma del recibí consuela mucho.

Enrique, al oir esas palabras, dirigió la mirada a Armando, una mirada de ladrón al compañero desconocido con quien de pronto se encuentra viajando en el mismo tren. Después firmó.

Palmyra, crédula, tenía un puro rostro de dolor, pronto a romper a llorar si la aclaraban que era muy doloroso el telegrama.