—Dale algo al telegrafista—dijo Armando a Palmyra, con ese recordar súbitamente una propina que no se dió.

Palmyra, que conocía el arrebato y la preocupación de Armando por las propinas, salió a dársela.

Al quedarse solos, Armando dirigió una sonrisa a Enrique que le arrancó la espada de dolor que aún esgrimía.

—No seas «parvo»... Ese mismo telegrama fué el que recibimos en aquel pueblo de Toledo y que, según me explicaste entonces, era el telegrama que cortaba tus aburrimientos, el telegrama convenido para poder huir del sitio que no te convenía... Responde a otro tuyo en que sólo escribes «Pronto»... ¿Ves qué memoria tengo?

Enrique no supo qué responder, pero sonrió.

—Por lo menos, que lo crea Palmyra...

—Eso, bueno...

—Porque chico, esto es muy bonito, muy poético, ha podido costar un millón de pesetas poner ese lago enfrente del palacio, pero yo me aburro...

Armando tomó un aspecto melancólico que daba a su gran sensatez un aire de simpatía extrema.

—Pero no es para que te pongas así... Tú tienes para no aburrirte esa encantadora mujer con la carne de las miniaturas.