—Sí... Pero me aclara mi propio caso tu telegrama... Te hemos dado la mejor habitación, has sido tratado a cuerpo de rey, has hecho por primera vez todas las excursiones que hay que hacer. No has tenido tiempo de desesperarte oyendo a la señora inglesa hablar de su casa de Londres, ni al viejo español retirado alabar este clima... No has tenido que ser fiel a una mujer y has flirteado con todas las de los contornos y a los quince días estás cansado.
—A los veinte, si te es igual...
—Tan igual; es lo mismo para el caso, porque yo llevo muchos meses.
En eso entró Palmyra, guardando las llaves en la escarcela de su cintura, y se abismó todo en una conversación melancólica, que precipitó la caída de la tarde.
IX
EL ENVENENADO
Armando encontraba siempre lo de niña cargante que había en Palmyra. Todo se lo había oído numerosas veces.
Estaba en crisis. Lo que había en ella de mujer—casi completamente igual a lo que pudiese ofrecer otra mujer—no le era suficiente. Su sexo era como un volcán apagado.
Decía aún sus últimas frases. Los atardeceres le conseguían poner a tono.
—Todos son techos de pagoda al atardecer—decía asomado a la bella ventana encelosada de la Quinta.
—La misión del mar es una misión sin descanso... Lava los pies a la tierra constantemente para ganar el cielo.