Pero de aquel estar asomado a la ventana de la Quinta, desde la que se veía el mejor trasluz y el más puro reflejo metálico del mar, salía más desconsolado porque al mar se necesita oponer fuertes caricias para poder reaccionar de él.
No bastaba que mirase siempre, como si atisbase el rescoldo de una gran pasión, a aquel hotelito en que pasaron su luna de miel dos príncipes románticos.
Todos los atardeceres esperaba que hubiese venido alguien de los alrededores en el último tren, pero después se desengañaba.
Buscaba otras ventanas de la Quinta, se asomaba al patizuelo en que estaba la inefable fuente, en que dos niños, dos colegiales, en la isla central de la taza se tapaban con un paraguas del chorro que salía de su propia contera. Siempre le resultaba íntima y entrañable esa escena de amistad infantil bajo la lluvia constante de la fuente.
Por fin se asomaba a la ventana, desde cuya ventana se veía el faro que resultaba con su pábilo tembloroso algo así como el gran cirio pascual del paisaje.
—¿Es que yo voy a ser el farero de ese faro?...—se preguntaba Armando al mirarle—. Por muy bonita que sea la vida aquí es siempre vida de farero... Se vuelve cementerio la naturaleza en esta soledad y en esta Quinta por más de que tenga el tipo legendario de esos palacios que los reyes tienen para pasar un mes de su vida.
El faro daba luz y vigilancia, no sólo al mar sino a todo el paisaje. Le parecía que en caso de tener que lanzar un grito angustioso le respondería el faro lejano, que le animaba el corazón como unas gotas de digital. Palmyra aparecía a su lado en ese momento y se ponía a mirar también el faro como si fuese la estrella fija de todos los días, aun de los más nublados.
Palmyra se apoyaba en su hombro con melancolía.
¿Es que sólo iba á tener derecho a los mimos de aquel día ya lejano en que la conoció? No. Todos los días se producía en ella esa misma alegría exigente de las jaulas de los pájaros colgados al sol y Armando no se daba cuenta.
Tenía la misma cara pequeña, suave, requetebesable del primer día y, sin embargo, estaba abandonada. Y la fuente de su sensibilidad manaba en chorro inútil como esas fuentes que se desangran sin que las oiga siquiera nadie en los jardines que se quedaron lejos de todo.