—En esta soledad se llena de musgo el alma—pensaba Armando.
Así de ensimismados pasaban los atardeceres hasta que Armando se decidía por fin a mimarla. Era un arranque final, irremediable.
Esta última tarde, como todas, se oyó, durante un largo rato, cómo los criados cerraban todas las ventanas del hotel que sonaban en una larga tormenta de portazos. La Quinta se iba llenando de la permanencia de luz eléctrica, como de una cordialidad especial, como si la luz eléctrica, en vez de acabar en cada instante, pudiese dejar algún residuo clarividente adensado en el ámbito.
Palmyra buscaba en su corazón más confidencias y más reflexiones que hacerle:
—Te voy a contar un secreto de la Quinta que no te he dicho nunca...
—¿Cuál? Cuenta—y Armando se aproximó, a oir su voz, a sentir el perfume de sus equis.
—Que mi abuelo murió envenenado... En una gran comilona que dió en nuestro comedor—todo estaba como está hoy—le dieron en el vino polvos de muerte.
—¿Y cómo no lo notó?
—Tú sabes que las viejas botellas se sacan en la canastilla que sirve para que no se despierten.
—Sí, en su cureña de paja...