—Eso... Y que si se mueven un poco, los posos de la botella se alborotan y se mezclan al vino dándole una turbiedad manifiesta... Pues se creyó que el veneno era esa turbiedad natural... Nunca se supo ni se pudo descubrir al asesino...
Armando volvió la vista en derredor como si buscase aún, al cabo de los años, al posible envenenador.
Ahora se daba cuenta de haber encontrado una pregunta inscrita en el ambiente de la casa. «¿Quién había envenenado al abuelo Joao? Se repetía en todas las habitaciones esa pregunta. La historia de Portugal está llena de envenenamientos, tanto, que una vez en el Brasil envenenaron a toda la familia real, salvándose sólo uno de sus miembros.
En las comilonas de los reyes, a veces se sazonaban con veneno los magníficos platos como por variar, como por conseguir que en vez del monótono «¡Qué exquisito!» se tornase pálido el comensal y echándose mano a la barriga dijese: «¡Yo me muero!»
Daba mayor soledad y mayor impunidad a la Quinta aquel caso de envenenamiento. La aislaba más del mundo.
Armando encontró en Palmyra, puesto a encontrar encantos, el encanto de la que había escapado al veneno, y la encontró más apetitosa, más necesitada de protección y con mayor deseo de retenerla, la besó con afán con la mejilla y con la boca, que era como le gustaba besar, mientras apretaba sus manos como si la consolase de la orfandad de aquel abuelo envenenado.
Después, llamados a la mesa, él la dió el brazo con aire de valiente que, después de saber que aquél era el comedor de los envenenamientos, se dirige a él sin titubear.
El comedor, después de la comunicación del secreto, resultaba más pétreo y su bóveda tenía algo de bóveda de panteón.
Armando pidió una botella de vino viejo, del que reservaba para las solemnidades, del que su amigo había bebido para huir más ligero y vivo de la Quinta.
Se lo trajeron en la canastilla a que se asoman las buenas botellas que merecen algo así como la presentación a la corte del infante recién nacido.