Se sonrieron los dos amantes. Ya veía ella qué escena quería mimar. Armando miró al criado, como si éste se pudiera dar cuenta de lo que aquello significaba, como si pudiese ser el nuevo envenenador.
Tenía una alegría siniestra y novelesca el comedor aquella noche.
Armando disparaba constantemente cañonazos de viejo vino en su vaso. Estaba alegre.
—¡Por qué no me lo habrás dicho antes! Me hubiera gustado mucho más el vino...
—No seas blasfemo... Yo sostengo que el alma de mi abuelo se quedó para siempre en el comedor, detenida en aquella cena...
—Vamos... Es un comendador convidado perpetuamente a la mesa... ¡Qué suerte!
—Mi madre decía que estaba metido en la alacena, en esa gran alacena de puertas labradas, y no la abrió nunca... Todos los objetos de plata estaban oxidados cuando yo mandé revisarla.
—Yo te aseguro que quedó en el vino la solera de aquel veneno y que no está mal...
Palmyra le dió más detalles, mientras el criado se ausentó. Fué en una cena de Navidad cuando mataron a don Joao, hombre corpulento que estuvo agonizando cinco días.
Toda la cena tenía algo de veneno mezclado a la sal, y ante el primer plato estuvo por decir Armando: