—¡Qué venenoso está esto!—cuando sólo era que estaba un poco quemado.
Había quedado en el comedor la satisfacción insatisfecha—mitad con mitad para siempre jamás—de una comida tan alegre como lo suelen ser todas las comidas perturbadas por la muerte.
La cena tuvo una turbación especial que encantó a Palmyra, porque quitaba monotonía a la Quinta. La monotonía que la ahogaba.
La cena abundó en alusiones y dicharachos, quedándose Armando muy pálido al mover la gran lámpara del comedor que se quedó oscilando y como haciendo oscilar toda la habitación, como si el terremoto hubiese removido los cimientos.
Al salir del comedor él la dijo:
—Estoy envenenado de amor.
—¡Falso!—repuso ella dándole con la cadera.
El Envenenado daba emoción a la Quinta, porque con su muerte incorrupta de asesinado, al que no se pudo vengar, daba valor y temblores a la vida mortal.
El estrado de la cama tenía aquella noche actitud de horca, haciendo un ángulo macabro del que no colgaba aún el pendido, aunque pedía su colgajo.
—¡Si esta transformación súbita de la Quinta me salvase de mi misantropía!—se decía Armando viendo a Palmyra despojarse de sus fundas, como desesperada que se arranca la piel en lucha con alguna prenda que no quiere salir.