Por fin se oyó en toda la alcoba el desclavijarse de los dientes del corsé, y Palmyra, como si se entregase al envenenado, como si quisiese curarle del envenenamiento posible, le abrazó con frenesí. Tan solemne era la noche, que ella se quedó con sus joyas puestas, y el collar de perlas recalcitrante y luminoso buscaba siempre el hueco de sus senos.

Armando se fué comiendo los frutos del día, que eran como frutos renovados de la Quinta, pero, como siempre, insistió en el melocotón nuevo de la barbilla.

Era aquella diversión la mayor y la única de la Quinta abandonada en medio de los grandes jardines, que de noche se hacían mayores.

Armando luchaba por alcanzar aquel ¡Ay Jesú! sin la ese final, y sin la ceda andaluza, que daba singular aire de martirio y derretimiento al amor. También cuando le salía un «¡Ay mía mae!» encontraba en ella toda la dulzura portuguesa.

Aquella noche brotó el «¡Ay Jesú!» suave, inusitado, con blandura suprema.

X
ÚLTIMO PASEO DE ARMANDO

—¿Quieres que vayamos a la playa de Morça?

—Vamos.

Era una playa «muito longa», a la que muchas veces había estado preparada la excursión que había fallido por algo imprevisto.

Armando aceptó el paseo con ansia de despedida, pues el telegrama que había pedido a su amigo por caridad, un telegrama como el que a él le libertó, debía de llegar a través de todo aquel día.