Salieron a las diez de la mañana. El coche con la capota echada, tenía ese fondo recatado de cenador mañanero que toma en las excursiones tempraneras. El cochero se había puesto el traje nuevo para las excursiones bajo la luz clara y llevaba su fusta de niño bien regalado, la fusta de trenzado látigo blanco y como con el pito infantil en el puño.
Pronto estuvieron en medio del paisaje, en el que había esa salsa en que se echa tomillo y romero.
Se olía ese perfume o «chiero» que huelen los burros con los anillos de las narices muy abiertos.
Las abulagas lo llenaban todo. También surgían los saúcos al margen del camino... Al verlos, Palmyra dijo:
—¡Cuánto tiempo que yo no veía saúcos! De pequeña me cubría la cabeza con palmas de saúco... Quiero una rama... Di al cochero que pare...
—Después... La cogeremos a la vuelta...—repuso Armando, que no quería nunca parar lo que ya caminaba, ni rectificar un recado, ni decir que no trajesen ya una cosa que se había encargado. Lo que marchaba debía seguir; ¿para qué cometer la impertinencia de parar el coche y retardarlo todo y hacer volver la cabeza al cochero, inquiriendo lo que pasaba en el fondo del coche, y solemnizar el capricho pueril en medio de la claridad de la mañana, que ridiculiza y macera tanto las cosas?
Los bordes de los caminos dejaban ver todas las raíces, y por eso olía tanto a raíces, a ese hondo olor que más que hondo olor es hondo sabor.
Armando sentía en aquella despedida la resignada vida que impone el campo.
Desde el fondo del milord se veía la dignidad con que andan los caballos, su idea de que arrastran el coche como si fuese su cola.
Las puertas de las corraladas tenían dignidad de puertas de palacio y se veía que daban a otras quintas de Portugal, de esas en que los dueños reposan de todo, como si fuesen los reyes tristes del paraje.