Salieron a la vera mar. Encontraron el faro de Praia, junto al que hacía tres años que había un gran barco roto, un barco que todos los que acampaban en sus alrededores se iban comiendo, pero al que con todo lo que le habían arrancado le quedaba aún más de la mitad. ¡Era tan difícil de desatornillar y desclavar! A veces tenía aristas tan soldadas que resultaba una caja de sardinas difícil de abrir, sin que se encontrase la herramienta lo bastante perforadora para abrirle brecha.
En la popa, aún metida en el mar, había blindajes agujereados, por donde salían fuentes de ola. El olor a alquitrán daba, no se sabía por qué, toda la aguda tristeza del naufragio.
Era aquel barco roto una constante catástrofe. Hasta que no quitasen el barco de allí no se serenaría el paisaje de la costa.
Olía a mar vivamente. Palmyra dijo:
—Es como si nos comiésemos un cangrejo...
Grupos de gentes nómadas se hospedaban en aquel trecho.
Habían construído los camarotes del naufragio, aprovechando los ojos de buey como ventanas de sus barracas.
El barco, partido en dos, debía ser el espantajo de todos los barcos que pasaban a lo lejos, temerosos de incurrir en la misma suerte.
Allí se encendía la lumbre y se guisaba con maderas de barco roto.
Remontaron la sierra y vieron el mar en el fondo. Era el mediodía, la hora de las hambres...