El mar estaba sin barcos... Era como si todos se hubiesen ido a comer... Un solo barquito de vela era como la trufa del mar y estaba en medio de él como para justificar la navegación.
Les salían al paso los molinos de Portugal. Armando dijo:
—En la cruz de Portugal se une el signo divino de la cruz con la humana aspa en cruz del molino.
—Es verdad... Tienes razón—dijo Palmyra.
Bajaron, rizándole, el monte en que tantas personas realengas buscaban antaño un refugio y tenían sus retiros estratégicos. El camino era un camino patinoso y verdinegro, en el que todos los árboles estaban cubiertos por la yedra. De vez en cuando se oía el ruido sospechoso de una cascada que caía de lo alto o se veía un lago de esos que, aun estando en la cima del monte, llegan a su base.
Avanzaba la hora. Iban a comer muy tarde. Ya se habían esparcido los barcos en el mar, y les parecía frente a las humosas chimeneas que el capitán comía constantemente.
Los vapores blancos parecían aeroplanos lanzados en la inmensidad celestial del mar.
En las tapias había bancos constantes para los caminantes más románticos del mundo. En la ventana de alguno de aquellos palacios una vieja, como chiflada, pero cuerda, se asomaba como alucinada. Les extrañó una que leía un periódico, un periódico indudablemente viejo, antiguo, de hace lo menos veinte años.
Pasaron los pueblos de los vinos portugueses, resultando muy pueblerino el sitio de partida de los vinos que pueden pedirse en todos los restaurantes.
Así como en las mesas están de etiqueta las botellas—pechera blanca y traje negro—, estaban descuelladas, repanchingonas y de casa junto a sus fábricas, en su pueblo.