En los guisos campesinos y magníficos que se preparasen en aquella cocina tenían que influir las chimeneas artísticas de alargada y ancha rendija, muy boconas para dar salida a todo el humo de las grandes cazuelas.

En un lado del pecho de la casa había incrustados unos cuantos azulejos azules, de esos tan portugueses en que parece derrumbarse un cielo azul recién lavado, con nubes que aún no han acabado de destrizarse, nubes buenas que han endulzado el cielo con sus azucarillos.

Esos azulejos portugueses en que se refleja un día hermoso y un poco mojado decoraban las fachadas del palacio de Palmyra, palacio de melancolía antigua, melancolía deliciosa como lo es el vino viejo.

¡Qué reflejo de un día antiguo había en los ladrillos azulencos y optimistas!...

Entre todos los azulejos sin disimulo en sus junturas, se componía una viñeta marina, un navío azotado por los vientos y por la tempestad.

Ya esos cuadros de azulejos que suele haber siempre en las fachadas portuguesas ponen lágrimas, ojos azules a través de lágrimas, en la fisonomía de la casa.

¿Qué día indeleble se refleja en las placas sensibles de los azulejos? ¿El día inaugural y feliz de la casita?

El tono de la saudade está ya en esos azulejos azulosos, azulinos, azulosados.

A Palmyra le costaba siempre un suspiro el mirarlos.

A un lado, en lo alto, tenía la Quinta una espadaña con su campanita para pedir auxilio.