Los balcones eran todos desiguales. Unos tenían un saliente excepcional, otros tenían una visera de tejas en lo alto, alguno estaba cerrado por una especie de celosía pintada de verde. Las ventanas en lo alto, miraban a través de sus cristalitos, como ventanas encaramadas desde las que se veía el mar un confín más allá, un escalón más abajo del escalón visible del horizonte.
Todos los balcones y todas las ventanas tenían visillos blancos de fina batista con ondulada muceta. La ropa blanca de los balcones siempre estaba aseada y se lucían los embozos de la intimidad de la casa encañonados y pulidos como chorrera de blusa blanca.
Se presentía detrás de esas muestras un pecho limpio y puro de mujer pulcra que huele al alba angélica de la ropa blanca muy bien lavada y oreada.
Iría bien a los senos de la mujer que se asomase detrás de esos visillos su gran presentación rizada y atirabuzonada.
En el jardín se encontraban cenadores, mesas de granito, bancos de parque antiguo con aire de sofás de piedra y un estanque chiquitín al que servía de fuente un niño guiando un cangrejo, niño sentado en unas peñas cubiertas de conchas del mar, como si fuesen conchas de peregrino.
El jardín de la Quinta abrazaba al palacete y se veía que sentía mucho cariño por él. Estaba contento de rodear aquella casa de sensata traza, aquel refugio de segura intimidad.
En aquel rincón de Portugal, junto al pueblecito de Ardantes, la paz del mundo era regia y aquella Quinta respiraba felicidad y sosiego.
Todo el paisaje ayudaba a esa sensación, un paisaje de ningún lado del mundo, paisaje de los cuadros relojeros que tienen el reloj en una torrecita del panorama. Un paisaje lleno de nubes suspensas, de esas nubes que retienen los días inmóviles, como si fuesen desprendimientos dejados en su marcha y a flote en el ambiente calmo por el tren del tiempo.
Serán esas nubes como humo que no se deshará hasta la mañana siguiente, en esa hora disolvente del alba que puede con todo.
La Quinta estaba sola en un buen trecho de aquel gran paisaje; pero después se veían muchos hotelitos, hotelitos trazados por el tiralíneas del capricho, hotelitos felices que se hicieron con la ventana ideal en el sitio estratégico de la pared y en la forma que señaló con lápiz el mismo propietario.