Eran hoteles para el verano.

Por eso casi todos estaban cerrados. ¡Cuánta gente construye un hotel y a raíz de eso pierde la felicidad o escoge otro sitio o muere sin que nadie se ocupe en mucho tiempo del hotel cerrado!

¿Qué muebles nostálgicos, qué espejos secos por no tener imágenes en tanto tiempo y qué consolas carcomidas no habrá en el fondo de esos hotelitos?

Se destacaban los torreones, esos torreones inútiles en los que no hay nunca un vigía, hechos en balde para que no suba nunca nadie, torreones orgullosos a los que sólo ascendió el dueño de la casa el día de la inauguración.

Miraban sus deslumbrados cristales a sitios distintos, con visión de horizontes nuevos y como observando mares de distinta clase y de distinto color.

¡Qué pena los torreones inútiles!

Después, situando el hotel, venía el mar, un mar sin colonias próximas ni pueblecillos caídos en la ribera, un largo trecho de costa en que daba la casualidad que no había afincado nadie.

Del pueblo próximo, y para ver el célebre faro que se levantaba en aquel paraje, iban gentes que querían pasar un rato allí y se sentaban a tomar algo en la cantina del antiguo farero, que tenía una bella niña de ojos azules hija indudablemente del faro, como sueño de las olas y la noche.

Se producía en aquel paraje una de esas entradas en que el mar vive tranquilo y lame la costa.

En esa entrada alargada y tendida que hace muy pocas veces el mar en otros sitios, parece que descansa y añade también a todo el paisaje una emoción de serenidad manifiesta.