En lo más bajo del paisaje aparecieron unas casitas abrigadas en lo hondo, porque en lo hondo prosperaban sus viñas.
Desde la puerta de esas casas tiraban el agua de la jofaina en que se ha lavado alguien.
Se veían cimientos de casas que no acabaron de construirse, sin que nadie sepa por qué.
Se veían mendigos barbudos, que, sentados en el camino, se ponían las alpargatas que acababan de sacudir o cargaban con su morral.
—Las amapolas—dijo Palmyra—son como corbatas que se pone el campo.
En las Quintas altas se veían grandes jarrones y varios bustos romanos, entre los que se destacaba la madre de Nerón. Todas las estatuas, como la de su Quinta, eran como evocación de otras estatuas, no como estatuas de plasticidad propia.
Armando se quedó dormido después del largo memorial del paisaje y al despertarse encontró «que los caminos siempre piensan lo mismo, sin enterarse de nada».
El pesimismo del campo volvía a él:
«En el campo se siente que igual podríamos ser de un siglo antes que de un siglo después.»
«Todo el campo, además, espera a los muertos.»