El coche caminaba al trote cochinero de los coches que vuelven, un trote seguido, sin descanso, como si el cochero gastase toda la vida de sus bestias en la postrer carrera.
—Aquí—dijo volviéndose a sus amos—fué donde se estrelló el otro día un automóvil.
Lo decía con la satisfacción del cochero de coche pacífico y nadador que odia al automóvil.
El olor a manzanilla del campo se agravaba, y las margaritas eran como sus últimas luces.
Apareció por fin el conmovedor rincón que habían tenido sólo todo el día, la Quinta descuidada durante toda la jornada, y que esperaba teta de su mamá, como un niño abandonado a las criadas inútiles.
El coche saltó, con alegría de galgo, el umbral de la puerta tristona de la Quinta. El viejo jardinero esperaba a la puerta con el telegrama urgente. Armando lo abrió con falsas señales de impaciencia.
Palmyra alargó la cabeza para leer.
«Tu madre, muy mal. Ven en seguida.—Luis.»
—¿Has entendido?
—Sí... ¡Qué desgracia!