Aquellas lluvias, que á los labradores prometian oro, á él le producian hambre.
Y veia que los empleados, los comerciantes, los agentes y en fin, todos los que no estaban como él pendientes de un jornal, se agitaban, bullian, ganaban su vida, lo mismo un dia que otro, sin cuidarse de si el cielo estaba sereno ó nublado. Que si estaban enfermos, sus sueldos ó emolumentos corrian sin interrupcion y rara vez les faltaba pan para dar á sus hijos y abrigo para preservarse del frio.
El infeliz recorria casi diariamente todo Madrid, en busca de trabajo y cada dia volvía á su casa mas triste y desalentado; y á la vista de sus hijos y de su mujer medio muertos de frio y de hambre, se apoderaba de su alma la mas profunda desesperacion y la criminal idea de obtener por la fuerza ó por el crímen, el pan que sus hijos le pedian y no podia ganar con su trabajo, cruzaba tentadora por su mente; pero su buena Antonia, que leia en sus ojos lo que pasaba en su alma, confortaba su abatido espíritu y haciéndole volver los ojos á Dios y confiar en su sabia providencia, borraba pronto de su imaginacion aquella pasajera nube que la oscureciera.
Y aquel hombre vigoroso y fuerte, enérgico y valiente, resignado al fin con su mísero destino, vencido por las virtuosas palabras de su santa mujer, se encierra en un mutismo sombrío y desconsolador, brotando de vez en cuando de sus apagados ojos, cuya hundida órbita revelaba sus terribles sufrimientos, una ardiente lágrima que es una protesta viva y elocuente del abandono en que la sociedad tiene á aquellos de sus hijos que mas necesitan de sus maternales desvelos; los hijos del trabajo; los que verdaderamente hacen reproductivo el pan que llevan á sus labios; la poderosa palanca en que aquella se apoya y sin la cual no existiria, porque ellos son los que sostienen el equilibrio y las fuerzas de una nacion.
Con dolor lo decimos, pero es preciso: aquella desventurada familia, pereció víctima del frio y del hambre en su oscuro rincon, sin que la sociedad se conmoviera al ver que abrian una fosa mas profunda que las demas en el cementerio general.
No así en la otra vida, donde sin duda el Dios de la justicia les destinó un puesto preferente entre los bienaventurados.
Nos reservamos toda clase de reflexiones y comentarios sobre este sencillo y oscuro drama, para cuando llegue su turno.
IV.
CUADRO SEGUNDO.
EL OBRERO EN BARCELONA.
El pueblo catalan es, sin disputa, uno de los pueblos mas activos y emprendedores; mas cultos é ilustrados; mas laboriosos y económicos de cuantos pueblos forman parte de la monarquía española.
Orgullosos y dignos, á la vez que rectos en sus principios, son sobrios en sus necesidades, modestos en su trato y fieles guardadores de la honra de su pais y de sus gloriosas tradiciones.