Un hombre se acerca á la puerta: dejémosle entrar: tal vez sea el padre de esas desventuradas criaturas: está pobremente vestido y calado hasta los huesos: debajo de la remendada chaqueta, oculta con cuidado alguna cosa: ¡ah, es un pan!...... Retirémonos; nuestras miradas no pueden profanar todo lo que de augusto y sagrado encierre la escena que va á tener lugar en esa oscura y hedionda habitacion. Retirémonos: despues de lo que habeis visto, yo os referiré los tristes sucesos de esa desgraciada familia y completaré el cuadro. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
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Ya estamos libres de la presion de aquella atmósfera tan cargada de miasmas deletéreos: ¡Dios mio!...... ¿Cómo pueden vivir siquiera diez años esas pobres gentes, respirando ese aire impuro que envenena la existencia?....
Mas oidme con atencion.
El hombre que acabais de ver es efectivamente el padre de aquellos pobrecitos niños. Llámase Pablo y es un buen oficial de albañil.
Hace diez años que casó con Antonia, aquella mujer tan pálida y demacrada, que hoy no es ni sombra de sí misma: durante algun tiempo, en que las obras no escasearon, vivieron tranquilos y felices en una modesta buhardilla, estrecha, pero cómoda y ventilada.
Aunque alguno que otro año, por el invierno, faltó el trabajo á Pablo; como economizaban el verano, podian ir tirando hasta alcanzar el buen tiempo: pero el verano último, fué este atacado de unas calenturas tifóideas, que le tuvieron durante muchos dias á las puertas de la muerte y de las que logró al fin salvarse, gracias á los desvelos y cuidados de su buena Antonia y á los eficaces remedios que se le administraron.
Pero los infelices lograron vencer un mal y entraron en otro peor.
El médico y la botica acabaron bien pronto con sus escasas economías de aquel año, y aun no habia entrado el enfermo en el período de la convalecencia, tan largo en estas enfermedades, cuando ya Antonia habia tenido que ir á empeñar lo poco que poseian; de modo que cuando Pablo estuvo ya en disposicion de trabajar, habian tenido que dejar su alegre buhardilla y empeñado ó vendido lo último que les quedaba. Entonces empezaron las lluvias, se suspendieron las obras y los infelices se vieron sumidos en la mayor indigencia.
¿De qué le servia al pobre Pablo ser honrado y trabajador si no encontraba donde ganar un jornal?