Esta tranquila manifestacion, digna y severa á la vez, fué interpretada por algunos hombres, como una muda y sombria amenaza, en que el órden corria peligro de alterarse; comunicaron á otros sus temores, estos los propalaron como cosa infalible; tomó cuerpo, y la noticia llegó á extenderse de tal modo, que las tiendas se cerraron mas temprano que de costumbre, y las autoridades hubieron de tomar sus medidas de precaucion, colocándose á la espectativa y dictando, entre otras disposiciones, la de que en cada una de las principales calles de la capital, se colocara una pareja de mozos de escuadra, que las recorrieran incesantemente.
En una estrecha y tortuosa callejuela del barrio de San Pedro y en un reducido zaquizami, levantado en la azotea de una casucha vieja, que á duras penas se sostenia de pié, vivia, ó mas bien, prolongaba con trabajo su existencia, un pobre obrero, con su mujer y su anciana madre paralítica.
Los esposos caminaban ya entre los cincuenta años, y en esa edad en que las fuerzas físicas empiezan á decaer sensiblemente, la paralizacion de las fábricas, de que dependian, vino á hacerles probar todos los sinsabores de la indigencia.
Llevaban ya tres meses el uno y el otro sin ganar un solo jornal, no quedándoles ya nada que vender ni que empeñar, para atender á sus mas precisas necesidades y pagar al casero las cuatro pesetas mensuales que les costaba el vivir en aquella especie de palomar.
Mientras lo pudo soportar, el obrero, hijo cariñoso y amante de su madre, la hacia visitar una ó dos veces á la semana por el médico, que si bien no la curaba completamente, la aliviaba mucho en sus dolencias; pero desde que ya no podia pagar á este, ni gastarse los cuatro ó seis reales que le importaba en la botica cada receta, el pobre Jayme, que así se llamaba, sufria el tormento de oir los lamentos de su madre sin poderla consolar. Su mujer la cuidaba con cariñoso esmero y procuraba, con remedios que le facilitaban los vecinos, aliviarla en sus padecimientos; pero nada conseguia y el mal tomaba cada dia mayor incremento.
Serian las once de la noche: negros nubarrones cruzaban por la atmósfera, como fantasmas jigantescos, arrastrados por un fuerte viento del Sudoeste, cuyo desagradable silvido penetraba por las rendijas de la carcomida puerta de aquel albergue.
Jayme y Quima, su mujer, estaban acurrucados en un rincon, envueltos en un pedazo de manta, que apenas les resguardaba del frio y en el lado opuesto yacia la anciana paralítica, tendida sobre un colchon relleno de borras de algodon y cubierta con una vieja frazada y un refajo de Quima extendido á sus piés. Una mariposa improvisada en una taza rota, consumia sus últimas gotas de aceite y alumbraba con su débil y vacilante luz aquel cuadro de dolor y de miseria.
Jayme, con la desesperacion y el desaliento pintado en su rostro, demacrado por las privaciones; meditaba profundamente sobre la triste situacion y el mísero abandono en que se encontraba. Gracias á sus economías, habian podido vivir tres meses sin trabajo, pero ya no podian mas: habianse agotado todos sus recursos y al dia siguiente, para dar á su madre y á su mujer algun alimento, tendria que ir á mendigar por las calles.... ¡mendigar!.... ¡qué vergüenza!.... La poca sangre que habia en sus venas afluia á su corazon y subia á enrojecer su altiva frente, á la sola idea de la mendicidad!.... Y era preciso hacer este inmenso sacrificio: su deber de hijo y de esposo se lo mandaban y forzoso era obedecer......
¡Por qué amargo trance estaba pasando el infeliz Jayme!.........
Pero Quima, que leia en las prolongadas arrugas de su frente, las tristes ideas que le preocupaban; que comprendia sus repentinos sonrojos, sus temblores convulsivos, formaba á su vez la resolucion de aprovecharse del sueño de este y salir muy de mañana á mendigar, á fin de evitarle el rudo golpe, que seguramente no podria soportar.