«¡Ilusiones engañosas,
livianas como el placer!......»
El desencanto debia llegar, y llegó.
Así como el adolescente, la primera vez que asiste al teatro, cree ver en cada actriz una diosa y una hada en cada bailarina, persiguiéndole hasta en sueños su seductora imájen; y luego, al penetrar en las misteriosas sinuosidades del escenario, advierte que aquellas encantadoras deidades que su mente acariciaba, son deidades de barro,—y no siempre del mas puro,—cubiertas de falso oropel, y se arrepiente, y se sonroja del culto que les rindiera, suspirando á pesar suyo por sus muertas ilusiones: así nosotros, al llegar al gran teatro de la coronada villa y al ver la funcion entre bastidores, arrancamos de nuestro pecho el culto que consagráramos á aquellos ídolos, tambien de barro, y fuimos á ocultar nuestra vergüenza y nuestro despecho en el seno del mas exajerado escepticismo político; no sin lanzar un profundo suspiro, al ver marchitas y por tierra las flores de nuestras ilusiones queridas.
Aquellos hombres, dotados de un talento superior, armados de bellísimas teorías y poseyendo en el mas alto grado los recursos de la oratoria; conmovían, arrastraban al público, pendiente de sus palabras, de sus ademanes, de sus miradas!..........
Y aquellos mismos hombres...... con la mas impasible serenidad, con sin igual sans façon, destruian hoy, lo que ayer habian edificado; atacaban mañana, lo que hoy habian defendido; segun que el viento de sus ambiciones ó de sus intereses, les arrastrara hácia uno ú otro lado.
Entonces nos convencimos de que el orador y el publiscito político en general, ejercian un oficio como el zapatero ó el sastre, alterando sus principios y reformándolos segun las circunstancias, como aquellos varian la forma y hechura, segun las modas ó el capricho del parroquiano!...
¡No mas ídolos! ¡no mas Dioses!.....—dijimos—y nos encerramos en la mas prudente y fria reserva, y nos decidimos á no juzgar de los hechos y de las cosas, mas que por lo que nuestro pobre criterio nos dictára, ó nos fueran enseñando nuestras modestas observaciones.
Vamos á concluir esta ADVERTENCIA, para entrar en el asunto que la ha motivado. Creemos haber llenado el objeto que nos propusimos al empezarla, pero si no lo hemos conseguido, culpa será de nuestras escasas dotes que no dieron á nuestras frases toda la fuerza necesaria para llevar el convencimiento al ánimo de los que se dignen leer estas líneas.
EL AUTOR.