CUATRO PALABRAS QUE PUEDEN MUY BIEN SERVIR DE
PROLOGO.
No es un libro el que tratamos de dar hoy al público; ni tan siquiera es un folleto, por mas que de algunos años á esta parte, se hayan puesto de moda esta clase de publicaciones, hasta para tratar de las cuestiones mas sérias y trascendentales. Todo lo mas será un modesto opúsculo, sin aspiraciones de mas allá, y condenado tal vez á no ser leido mas que por compromiso, y á andar á pié,—desde sus primeros pasos en el mundo,—por esas calles de Dios, hasta dar con su cuerpo en casa de algun bodeguero ó almacenista de comestibles, que, hoja por hoja, lo vaya convirtiendo en cucuruchitos de pimienta, canela y clavo, ó en medios de azúcar.
En fin, sea cual fuere el porvenir que esté reservado á este, que desde luego llamaremos opúsculo, pasaremos á explicar los motivos que nos han impulsado á publicarle.
Hace ya muchos años, que una de esas que en Europa han dado en llamarse grandes potencias, de su propia autoridad, y que por ende, se están permitiendo intervenir hasta en los asuntos mas íntimos y familiares, y en regir los destinos de las que á su vez llaman pequeñas potencias; una de esas, repetimos, impulsada, nó por un sentimiento humanitario y noble, que es incapaz de sentirlos, sino celosa de la floreciente prosperidad de esta venturosa Isla, por lo que á sus colonias perjudica, y de acuerdo con sus demas compañeras de grandeza, empezó á perseguir, con un ardor sin igual, á los buques que hacian el tráfico de negros en la costa de Africa.[1]
[1] Véase el tratado de paz entre Inglaterra y España de 29 de Setiembre de 1817 y prohibicion de la trata desde el 30 de Mayo de 1820.—El tratado de 28 de Julio de 1835 y su promulgacion del 2 de Marzo de 1845 y Proyecto de ley de 19 de Febrero de 1866.
Las demas naciones tomaron tambien muy á pecho esta cuestion y declamaron muy alto en contra de la trata.
La trata es, en efecto, un comercio que la civilizacion rechaza, la razon repele y el corazon humano condena; por lo que el hecho en sí, tiene de injusto y de repugnante.
Hasta aquí, estamos de acuerdo con las grandes potencias, en que levantaran cruzadas contra aquel comercio humano; y si bien el motivo que á ello les impulsára, fuera en el fondo mezquino y egoista, por parte de la potencia iniciadora, la prohibicion está en armonía con nuestros sentimientos y la aprobamos.
Pero no podemos prescindir de decir algo, respecto al extraño contraste que notamos en esa potencia iniciadora de la persecucion de la trata.
Ese nebuloso pais que á ninguno otro se parece; eterno consorcio de luz y de tinieblas, de risa y de llanto, de oro y de cieno; que observa en su interior una política diferente de la que practica en el exterior; que, como vulgarmente se dice, juega siempre con dos barajas: una para ganar y otra para no perder; que con sus excentricidades y su obligado spleen, su egoismo y su avaricia há llegado á captarse las antipatías de casi todos los demas paises del globo: ese pais, repetimos, hace cuantiosos gastos para perseguir la trata, y en cambio deja que pululen por muchos de sus extensísimos barrios, millares de criaturas, que fallecen víctimas de la miseria y del abandono. ¿Dónde están esos sentimientos humanitarios de que se hace tanto alarde? ¿Cómo no atienden á las necesidades de su casa antes de cuidarse de las de la ajena? ¿No ofrece esto un notable contraste y hasta hace dudar de su tan decantada filantropía? ¿A cuántas reflexiones no se presta esta gran verdad que conoce todo el que ha visitado la capital del carbon de piedra?......