Imprenta de José A. Muñoz, Almirante, 7

CAPÍTULO I
La mujer casamentera.

Hay quien tiene al ridículo más miedo que á la muerte, así como hay quien pone todo su empeño en caer en el ridículo más lastimoso.

Sabemos que es trabajo perdido hacer advertencias á los tontos y á los nécios; pero de estos los hay de dos clases: los que lo son por naturaleza, y los que pudiéramos llamar contagiados. Si los primeros son incurables, porque no puede modificarse su organizacion, para los segundos hay remedio, y hé aquí por qué escribimos este libro.

No temas, lector, que te fatiguemos con disertaciones morales ó científicas, pues sabemos demasiado bien que una obra como la presente es preciso que ante todo encierre el interés del drama, y que si se escribe con el buen fin de enseñar, de corregir vicios sociales, es preciso que enseñe recreando, que corrija deleitando.

Por más que los tipos que vamos á presentarte, amado lector, estén copiados del natural, y aunque son verdaderos casi todos los episodios que vamos á darte á conocer, este libro es al fin una novela, que unas veces te hará reir y otras llorar; una novela cuyo artificio habrás de seguir detalle por detalle, paso á paso, hasta el desenlace, que de seguro desearás conocer. Léela como quien no piensa más que en solazarse y en matar el tiempo, que es cosa que saben hacer muy bien los españoles, y aunque no quieras habrás de pensar alguna vez en lo que nunca has pensado; tal vez comprenderás lo que no has comprendido, porque no te has tomado la molestia de examinarlo, y tambien sucederá que al leer alguna página digas: «Esto ya lo sabia yo;» lo cual no ha de desagradarme, pues es precisamente lo que busco, lo que deseo, lo que me propongo.

Lo que no es de todos tiempos, lo que no es un vicio social engendrado por las pasiones inherentes á nuestra naturaleza, sino consecuencia de las costumbres de una época ó de los extravíos de una generacion, no tiene nombre en ningun idioma, y como es preciso que lo tenga, se le pone, y esto no lo hacen las academias literarias, ni los sábios aisladamente, ni siquiera los hombres de mediana ilustracion, sino la masa popular, el vulgo, y entre el vulgo el más ignorante quizá de sus indivíduos. La nueva palabra, rechazada primero porque no reconoce una etimología griega, ni siquiera latina, hace fortuna á despecho de las eminencias científicas, se acepta, y todos la usan como absolutamente indispensable para hacerse comprender.

Decimos esto, para justificar el título de la presente obra.

Hay en la sociedad un crecido número de indivíduos que han llegado á formar verdadera clase, y que no tenian calificacion. Este tipo, que no se parece á ninguno, es digno de ser estudiado. Como no tenia nombre, se le puso. ¿Quién? No lo sabemos, aunque sí tenemos la seguridad de que se fraguó en la cabeza de un hijo de la risueña Andalucía.