Dejó escapar un grito desgarrador.

Sintió que repentinamente renacian sus fuerzas.

Quiso seguir á la hija del conde pero la sirviente se lo estorbó, y le dijo:

—Tranquilícese usted, señorita... Ya veo que sufre usted mucho; pero debe usted considerar que la culpa no es de nadie más que de don Alfredo. Todos los hombres son lo mismo, y si quisiera usted tomar mi consejo, no le pesaria: engañe usted al primero que se la presente, y así se vengará sin que le remuerda la conciencia por aquello de que paguen justos por pecadores, pues repito que todos ellos son iguales y merecen la misma pena. Cuando se tranquilice usted y reflexione, se convencerá de que usted hubiera hecho lo mismo que mi señorita.

Por fin el llanto corrió por las mejillas de Paquita.

—¿Viene usted sola?—preguntó la doncella.

—No.

—Me alegro, porque está usted muy agitada... la acompañaré hasta la puerta.

Paquita siguió maquinalmente á la criada, entrando en el coche y dejándose caer pesadamente.

El vehículo se puso en movimiento.