Cuando la madre y la hija estuvieron en su casa, exclamaron:

—¡Ya no hay esperanza!

No so equivocaban: Alfredo no se casaria con la hija de don Pascual.

La infeliz jóven habia hecho el último esfuerzo.

Ya le era forzoso resignarse.

En vez de emplear el tiempo en lo que no habia de producirle ningun buen resultado, debia invertirlo en poner á cubierto su honor en cuanto era posible que lo pusiese.

Le convenia salir de Madrid; pero esto presentaba muchas dificultades: su padre y el dinero.

En cuanto á lo segundo, ¿por qué no habian de hacer uso de los veinte mil reales?

Si de todas maneras no habian de conseguir otra cosa de Alfredo, al ménos con aquella cantidad podian más fácilmente poner en práctica cualquiera resolucion.

Pensaba la madre que tan deshonrada quedaba su hija tomando los mil duros como devolviéndolos.