No hay que decir que esto era un error.

Paquita mostró algunos escrúpulos; pero al fin se convenció.

Veinte mil reales son tentadores para los que de la verdadera dignidad no conocen más que el nombre.

Otra idea le ocurrió á la esposa de don Pascual.

—Me parece,—dijo,—que debes tomar al pié de la letra el consejo que te dió la doncella de tu rival. Los hombres todos son iguales, y ninguno merece compasion. Salgamos ahora de este apuro, y que luego Juanito pague lo que hizo Alfredo.

—Pero eso...

—Tú has sido demasiado crédula, has sido tonta y han abusado de tu buena fe, lo cual prueba que para los crédulos no hay compasion. ¿Por qué has de tener escrúpulos cuando no los han tenido para engañarte? Además, engañando á Juanito lo harás dichoso, porque te ama, mientras que al engañarte á tí te han hecho sufrir mucho. Y para que no te quede duda de que todos los hombres son iguales, piensa lo que le ha sucedido á la pobre Adela, que se casó con un hombre que parecia un santo, que no tenia que comer, mientras que ella es rica, y antes de un mes ya enseñó las uñas, y hoy lo tienes hecho un perdido, sin hacer caso de su pobre mujer y gastando el dinero de ella en divertirse y en obsequiar á otras.

—Todo eso está bien; pero papá...

—Descuida, que á tu padre tambien le haremos ver lo negro blanco.