Esto les pareció muy bien á los unos y muy mal á los otros; pero todos se colocaron al rededor de la mesa, y sobre esta se extendieron los cartones.

No queremos describir con todos sus detalles esta escena.

Doña Robustiana los observaba á todos con disimulo y atencion profunda, no para coartar la libertad de nadie, sino para recoger datos que podian serle de mucha utilidad.

Más de una vez viéronse las mejillas de Adela rojas como si fuese á brotar la sangre.

Eduardo, como todo hombre pensador, se distraia muy á menudo y dejaba de apuntar, con perjuicio de sus intereses.

Paquita, excesivamente nerviosa, arrugaba con frecuencia el entrecejo, palidecia, hablaba con voz insegura, y habia momentos en que parecia que era presa de un malestar inexplicable.

El jóven que estaba á su lado se turbaba tambien.

Y doña Robustiana, que se habia puesto sus lentes, continuaba imperturbable sacando bolas y diciendo números.

Combináronse ambos y ternos, ganaron los unos y perdieron los otros, y como el calor era sofocante, todos acabaron por languidecer y el juego terminó.