Otra vez se abrió el piano.
Doña Robustiana aprovechó entonces la ocasion para hablar en voz baja con Eduardo, ponderando las cualidades de Adela.
A las doce de la noche se disolvió la reunion.
Al salir Eduardo dirigió á la criada picantes galanterías.
Cuando estuvieron en la calle, suspiró Adela y exclamó:
—¡Ay, mamá!
—¿Qué te sucede?—preguntó doña Cecilia.
—¿No le parece á usted que Eduardo es un hombre sublime?
—Sí; pero habla de una manera que no lo entiendo.