—Su elocuencia no puede estar al alcance de usted.

—Ya ves, hija mia, yo me he criado entre otra clase de gente.

—Es preciso que olvide usted eso, mamá.

—Tú has pasado bien la noche, y esto es lo que me importa.

—Sí, muy bien... ¡Qué noche!... No la olvidaré jamás.

Y Adela suspiró, no suavemente, sino pon toda la fuerza de sus vigorosos pulmones.

Entre tanto, Paquita y su madre sostenian un diálogo de muy distinto género.

—Te advierto,—decia esta con tono de muy mal humor,—que no quiero que te distraigas cuando juegas.

—No sé si me he distraido.

—¿Y qué te decia el señor de Montalban cuando temblabas?