—Mamá, yo no he temblado.

—Paca, hay ciertas cosas...

—Déjame en paz.

—Tendré paciencia como siempre.

—Yo tambien necesito mucha.

—¿De qué puedes quejarte?

—De mi pícara suerte, porque paso el dia trabajando y sufriendo tu genio, y cuando llega la hora del descanso se me presenta esa tonta de Adela cargada de joyas para recordarme mi pobreza; pero poco he de poder, ó tomaré venganza.

—Si tienes esperanza en la lotería lo mismo que tu padre...

—La tengo en mi talento.

—Entiendo, Paca, entiendo: lo dices por ese buen mozo que antes nos ha seguido.