Paquita tambien temia que Alfredo se arrepintiese ó se desencantase y le volviese la espalda, pues aun le parecia mentira que se casase con ella un hombre como aquel.
Así trascurrió una semana, y Alfredo se presentó, sacando un papel, entregándolo á la madre de Paquita y diciendo:
—Ya se ha hecho justicia á su esposo de usted.
—¿Qué es esto?
—La credencial que esta mañana me ha enviado el ministro. No ha hecho todo lo que le pedí; pero formalmente me ha prometido que lo hará en un breve plazo.
—No somos ambiciosos, y con el ascenso á ocho mil reales estamos satisfechos.
—¡Ocho mil reales!—replicó desdeñosamente Alfredo.—Yo no hubiera aceptado jamás esa miseria para el padre de la mujer á quien amo.
Estas palabras produjeron un efecto indescriptible.
A la madre le hizo temblar la alegría.
La hija tomó el papel y leyó, dejando escapar un grito de sorpresa al ver que á su padre, en lugar de un ascenso, se le daban tres, ó lo que es igual, doce mil reales, duplicando así el sueldo que tenia.