Esto era demasiado.
La esposa de don Pascual se sintió trastornada hasta el punto de que tuvo que beber agua y vinagre, y Paquita dirigió al calavera palabras de gratitud y miradas de fuego.
Aquellas dos infelices acababan de esclavizarse.
La jóven se creia feliz, y nunca habia sido tan desdichada, puesto que acababa de perder el último resto de fuerza moral que le quedaba para poner á salvo su pureza.
¿Qué podia negar Paquita á su amante?
Si este se mostraba demasiado exigente, ella tendria que ceder á todo, pues otra cosa podia parecer una ingratitud.
Ya no necesitaba más Alfredo para terminar en pocos dias su obra.
Cuando don Pascual volvió á su casa y vió la credencial, desplegó una sonrisa y dijo cándidamente:
—Me alegro.
—Todo esto,—gritó su esposa,—me lo debes á mí.