—Y á mí.
—¡Qué bárbaro!
Muequeaban de asombro y proferían risotadas.
Añadió Bertuco:
—Ahora viene lo bueno. Trátase del Padre Landazabal. El muy pícaro quería sonsacarme si fumaba ó no. Hasta un pitillo llegó á pedirme... Qué tal, si me dejo engañar...
—No te hubieras engañado, es decir, no te hubiera engañado.
—¿Qué quieres decir, Ricardín?
—Que el pobre jorobeta se perece por fumar. Los demás Padres lo reputan idiota, no le hacen caso y lo dejan abandonado á su suerte. El infeliz no se atreve á pedir de fumar al Rector, como hace el Padre Iturria, y se sirve de estos medios, cuando no de otros. Un día salí yo á lugares, en el estudio de la tarde. Pues bien, me encontré al Padre Landazabal buscando por los retretes las colillas que nosotros dejamos. Cuando lo sorprendí se echó á temblar y me rogó que no contara nada á nadie. Luego me pidió, por amor de Dios, un pitillo. Yo le dí los que tenía.
—¡Jesús!
—¡Jesús!