—¡Bah! Noticia fresca—exclamó Ricardín—. Ayer, cuando volvimos del paseo, nos la encontramos en la portería. El Padre Sequeros asegura que viene á convertirse.
Formaban grupo Campomanes, Coste, Rielas y Bertuco, apartados un trecho de la división.
—Y el Hermano Echevarría, ¿qué tal?—Rielas guiñaba el ojo, afanándose en apicarar el gesto.
—Es un gran médico. Examina con mucho cuidado á los enfermos—afirmó Campomanes, socarronamente.
Coste acudió á opinar.
—Yo nunca os hablé de ello; pero, vamos que, cuando me disloqué el pie, empezó á palparme la barriga y...—Los carrillos se le arrebolaron.
Los mancebos enmudecieron unos minutos. Estaban cohibidos luchando entre el deseo de descubrir algo y la dificultad de expresarlo en términos convenientes. Bertuco se adelantó:
—Y... te empuñó el cetro, ¿eh?, lo mismo que á mí.
—¡Reconcho! Has acertado.
—Y á mí.