Bertuco pensaba: «Para quien te crea, viejo.»
—Vaya, Bertuco: dame esa prueba de que eres mi amigo. Supón que yo te pido un pitillo, que quiero fumar...—La voz era por momentos más vacilante.
Bertuco pensaba: «Nunca pude imaginar que fuera tan astuto este Padre.»
—Mire usted, Padre Landazabal: no fumo fuera del colegio ¿y quiere que fume dentro?
—¡Qué lástima! El tabaco es lo mejor que hay. El tabaco y el café.
El deforme jesuíta fué á sentarse, abatido y evidentemente triste. Bertuco enviaba volando el pensamiento hacia Ruth. ¿Qué haría? ¿Á qué vendría? ¿En dónde la habrían recibido?
El lunes, Bertuco, restablecido ya, ingresó de nuevo en la monótona disciplina escolar. En la recreación, sus amigos acudieron á saludarle.
—Una semanita así nunca viene mal—dijo Ricardín Campomanes.
—¿Fué maula?—preguntó el carrilludo Coste.
—Maula... Anda allá. Me mandó Conejo. Voy á daros una noticia tremenda. La señora de Villamor estuvo ayer en el colegio.